Herrumbre
Como la mayoría de los pasajeros de ese autobús el primero de enero, me encontraba sumamente incómodo. Una asquerosa resaca, el recuerdo difuso de una mujer, los dientes con sabor a hierro y arena en los zapatos eran todas mis maletas. Excelente idea la de olvidar el cepillo de dientes. Apenas completé el pasaje. Vaya, que incluso tuve que pedir prestadas monedas que nunca voy a regresar a algunas de las adulteradas personas que apenas conocí. Recién las dos en punto, dejando crecer la tarde recargado en la ventana con la boca seca y la cabeza revuelta. Claro, el sol que no salió en los días anteriores, afuera, infaltable, jodiendo. Solo de pensar en voltear a ver quién me había tocado de acompañante por las siguientes siete horas me moría del asco. Otra vez una señora con la boca más suelta que sus enormes bolsas no; no, por lo que fuera. Me tocó la buena, una de veintitantos. No era guapa ni nada, pero tenía toda la cara de que se iba a limitar a ver el asiento de adelante y escuchar lo que fuese que saliera de sus audífonos. Tenía un lunar a un lado de la ceja. De esas que no sonríen si no les sonríes. Qué diva. Para el caso, me daba igual. Perfecto, calladita y que no me joda: eso era todo lo que necesitaba. Todo casi tolerable, claro, hasta que se subió de nuevo el imbécil que me tocó en el primer viaje. En serio, hacía ruido hasta por las orejas cuando masticaba porquerías; además, cuchicheaba incesantemente cosas que todo el mundo podía oír. No es que yo sea un santo, ni que me espante la promiscuidad, aunque yo no la practique (en serio, bueno, casi en serio), pero era casi demasiado, y eso que mis oídos tienen veintiuno. Si la primera vez iba hablando cosas insoportables cuando viajaba sobrio, no podía ser de nuevo que me tocara la basca, y en primero de enero, para acabarla, después de todas las estupideces que comete la gente y se deja cometer, carajo, qué nauseas, todo lo que iba a decir. Cada vez más asco y el sol en lo más alto, incrementando la lumbre de mi mal humor. Estaba sin poder cerrar la ventana porque, si no veía la luz, con lo cansado que andaba me dormía y si me duermo en un autobús, siempre vomito. Me pasa aunque no esté bajo los efectos del alcohol, no tengo por qué mentir. Es repugnante. Veinte minutos dando por la carretera inmunda a tope y el autobús, adivina adivinanza, obvia: sí, se para en medio de la nada. No sé qué tiene ese camino que siempre sabe cómo quitar el tiempo, lo mismo fue la otra vez con amigos, en camioneta. Llanta desinflada, así, nada más, de la nada. La refacción tampoco funcionó. A veinte minutos en ruedas del lugar más cercano, una hora y media caminando. Mátennos. Pero ésa fue otra vez, quizá hasta más llevadera: cualquiera sabe que maldiciendo en conjunto todo va más rápido. Ésta vez estaba para llorar. Bajen un momento a tomar aire señores pasajeros: hay una falla con el motor. Lamentamos el inconveniente. Vamos a pedir asistencia. Siempre me pone triste saber lo que son los protocolos a nivel empresa y saber que las palabras de lamento y excusa del chófer no eran ni mucho menos. Pero el no tenía la culpa: era(¿es?) su trabajo; eso es lo peor, ni siquiera podía culparlo de hipócrita. Ahí estábamos, cuarenta almas hartas sudando en medio del polvo, esperando a que por obra de no sé qué o no sé quién, el camión volviera a andar. Yo solo quería llegar a mi casa, pero no falta el que tiene el gran negocio esa tarde o cosas de ésas, absurdas el primer día del año; preguntándole al pobre chófer que cuánto faltaba, que si no tenía prevista una situación así. Qué idiota, con ganas de meterle un mazazo en la cara. Y las señoras. Las señoras abanicándose, creyéndose dignas de un trato mejor, reclamando y el chófer rascándose la nuca. No me terminan de entrar en la cabeza esas actitudes de ver para abajo. Lo bueno fue que de tanto insistirle, el chófer se decidió a prender el camión otra vez y, afortunadamente, y por la misma razón que se detuvo (ninguna), esto no volvió a suceder en todo el camino. Pero como las cosas tenían que seguir empeorando de alguna manera, Imbécil Cuchicheador se puso a hacerle plática a Lunar en La Ceja. Digo, el mono ya me pateaba el cerebro, pero la muchacha se mantuvo en el limbo de mi gracia por cuarenta y cinco minutos. Casi un récord. Con la primer risita que soltó cuando Cuchicheador le dirigió sus estúpidos vituperios al lenguaje, me bastó. Sin música, sin ganas, sin agua, atrapado entre la ventana caliente con la luz maligna del día y una plática de enunciados detestables. Se podría pensar que soy un exagerado solo si nunca en la vida se ha tenido ese sabor a herrumbre después de no dormir un segundo por estar toda la noche de pie. Aunque, también, tengo que aceptarlo: soy un tanto misántropo y eso de ir la verdad que fue solo por el alcohol. No me va eso de andar en fiestas conociendo gente. Las mujeres son casi todas idiotas en esos ambientes. Qué sé yo, me abruman, me aburren. Además, creo que yo también a ellas. No se me tache de amargado, porque por supuesto que en ocasiones hago excepciones, como la madrugada ésa. Excelente decisión, sin ella no sé qué hubiera hecho para devolverme. Creo que ella tenía unas pecas, qué más me da su nombre si no se va a acordar de mí si es que llego a volver. Es más, no tenía caso nada si estaba yo en ese momento ya horas después de la ilusión serpentina de la ebriedad y sus tratos cariñosos, pagando las cuentas, dejando generosas propinas en el bar de lo repugnante a un lado de una pareja de desconocidos para mí y desconocidos para ellos (que no eran mucho más que lo que Pecas y yo en la madrugada, pero al menos nosotros estábamos ebrios). Bah, error fatal desde el principio, tanta tolerancia no sirvió para un suspiro, me hubiera dormido. Total, al final de cualquier manera no aguanté más tanto embestir del destino y los efectos de mis acciones. Vomité. Eso por fin hizo que se cambiaran de lugar mis queridos acompañantes. Hasta me dio un poco de vergüenza con los demás, pero nada podía ya hacer mejor que fingir que casi llegaba al coma y necesitaba reposo. El resto del camino lo pasé oyendo susurros de enamorados fugaces a tres asientos de distancia, con ojos cerrados y una profunda envidia de ser el idiota de Cuchicheador y poseer la capacidad de preocuparme únicamente por las mentiras que le podría decir a una muchacha ingenua. Qué impotencia, pero nadie me manda a ser franco, e incluso menos ese día a tener los zapatos llenos de arena y la boca llena de crudo metal. Acabo de llegar a mi cuarto. Al menos la cabeza ya no me da vueltas y hasta creo que he comenzado a extrañar a Pecas como una sutil ironía.