Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.
Arde, sombrío, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.
Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre estériles peñas.
Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de raíces heladas y sedientas.
Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.
Ya estoy regresando solo
de los tiempos venideros.
Ya he besado cada plomo
con que mato y con que muero.
Ya se cuándo, quién y cómo.
Como la mayoría de los pasajeros de ese autobús el primero de enero, me encontraba sumamente incómodo. Una asquerosa resaca, el recuerdo difuso de una mujer, los dientes con sabor a hierro y arena en los zapatos eran todas mis maletas. Excelente idea la de olvidar el cepillo de dientes. Apenas completé el pasaje. Vaya, que incluso tuve que pedir prestadas monedas que nunca voy a regresar a algunas de las adulteradas personas que apenas conocí. Recién las dos en punto, dejando crecer la tarde recargado en la ventana con la boca seca y la cabeza revuelta. Claro, el sol que no salió en los días anteriores, afuera, infaltable, jodiendo. Solo de pensar en voltear a ver quién me había tocado de acompañante por las siguientes siete horas me moría del asco. Otra vez una señora con la boca más suelta que sus enormes bolsas no; no, por lo que fuera. Me tocó la buena, una de veintitantos. No era guapa ni nada, pero tenía toda la cara de que se iba a limitar a ver el asiento de adelante y escuchar lo que fuese que saliera de sus audífonos. Tenía un lunar a un lado de la ceja. De esas que no sonríen si no les sonríes. Qué diva. Para el caso, me daba igual. Perfecto, calladita y que no me joda: eso era todo lo que necesitaba. Todo casi tolerable, claro, hasta que se subió de nuevo el imbécil que me tocó en el primer viaje. En serio, hacía ruido hasta por las orejas cuando masticaba porquerías; además, cuchicheaba incesantemente cosas que todo el mundo podía oír. No es que yo sea un santo, ni que me espante la promiscuidad, aunque yo no la practique (en serio, bueno, casi en serio), pero era casi demasiado, y eso que mis oídos tienen veintiuno. Si la primera vez iba hablando cosas insoportables cuando viajaba sobrio, no podía ser de nuevo que me tocara la basca, y en primero de enero, para acabarla, después de todas las estupideces que comete la gente y se deja cometer, carajo, qué nauseas, todo lo que iba a decir. Cada vez más asco y el sol en lo más alto, incrementando la lumbre de mi mal humor. Estaba sin poder cerrar la ventana porque, si no veía la luz, con lo cansado que andaba me dormía y si me duermo en un autobús, siempre vomito. Me pasa aunque no esté bajo los efectos del alcohol, no tengo por qué mentir. Es repugnante. Veinte minutos dando por la carretera inmunda a tope y el autobús, adivina adivinanza, obvia: sí, se para en medio de la nada. No sé qué tiene ese camino que siempre sabe cómo quitar el tiempo, lo mismo fue la otra vez con amigos, en camioneta. Llanta desinflada, así, nada más, de la nada. La refacción tampoco funcionó. A veinte minutos en ruedas del lugar más cercano, una hora y media caminando. Mátennos. Pero ésa fue otra vez, quizá hasta más llevadera: cualquiera sabe que maldiciendo en conjunto todo va más rápido. Ésta vez estaba para llorar. Bajen un momento a tomar aire señores pasajeros: hay una falla con el motor. Lamentamos el inconveniente. Vamos a pedir asistencia. Siempre me pone triste saber lo que son los protocolos a nivel empresa y saber que las palabras de lamento y excusa del chófer no eran ni mucho menos. Pero el no tenía la culpa: era(¿es?) su trabajo; eso es lo peor, ni siquiera podía culparlo de hipócrita. Ahí estábamos, cuarenta almas hartas sudando en medio del polvo, esperando a que por obra de no sé qué o no sé quién, el camión volviera a andar. Yo solo quería llegar a mi casa, pero no falta el que tiene el gran negocio esa tarde o cosas de ésas, absurdas el primer día del año; preguntándole al pobre chófer que cuánto faltaba, que si no tenía prevista una situación así. Qué idiota, con ganas de meterle un mazazo en la cara. Y las señoras. Las señoras abanicándose, creyéndose dignas de un trato mejor, reclamando y el chófer rascándose la nuca. No me terminan de entrar en la cabeza esas actitudes de ver para abajo. Lo bueno fue que de tanto insistirle, el chófer se decidió a prender el camión otra vez y, afortunadamente, y por la misma razón que se detuvo (ninguna), esto no volvió a suceder en todo el camino. Pero como las cosas tenían que seguir empeorando de alguna manera, Imbécil Cuchicheador se puso a hacerle plática a Lunar en La Ceja. Digo, el mono ya me pateaba el cerebro, pero la muchacha se mantuvo en el limbo de mi gracia por cuarenta y cinco minutos. Casi un récord. Con la primer risita que soltó cuando Cuchicheador le dirigió sus estúpidos vituperios al lenguaje, me bastó. Sin música, sin ganas, sin agua, atrapado entre la ventana caliente con la luz maligna del día y una plática de enunciados detestables. Se podría pensar que soy un exagerado solo si nunca en la vida se ha tenido ese sabor a herrumbre después de no dormir un segundo por estar toda la noche de pie. Aunque, también, tengo que aceptarlo: soy un tanto misántropo y eso de ir la verdad que fue solo por el alcohol. No me va eso de andar en fiestas conociendo gente. Las mujeres son casi todas idiotas en esos ambientes. Qué sé yo, me abruman, me aburren. Además, creo que yo también a ellas. No se me tache de amargado, porque por supuesto que en ocasiones hago excepciones, como la madrugada ésa. Excelente decisión, sin ella no sé qué hubiera hecho para devolverme. Creo que ella tenía unas pecas, qué más me da su nombre si no se va a acordar de mí si es que llego a volver. Es más, no tenía caso nada si estaba yo en ese momento ya horas después de la ilusión serpentina de la ebriedad y sus tratos cariñosos, pagando las cuentas, dejando generosas propinas en el bar de lo repugnante a un lado de una pareja de desconocidos para mí y desconocidos para ellos (que no eran mucho más que lo que Pecas y yo en la madrugada, pero al menos nosotros estábamos ebrios). Bah, error fatal desde el principio, tanta tolerancia no sirvió para un suspiro, me hubiera dormido. Total, al final de cualquier manera no aguanté más tanto embestir del destino y los efectos de mis acciones. Vomité. Eso por fin hizo que se cambiaran de lugar mis queridos acompañantes. Hasta me dio un poco de vergüenza con los demás, pero nada podía ya hacer mejor que fingir que casi llegaba al coma y necesitaba reposo. El resto del camino lo pasé oyendo susurros de enamorados fugaces a tres asientos de distancia, con ojos cerrados y una profunda envidia de ser el idiota de Cuchicheador y poseer la capacidad de preocuparme únicamente por las mentiras que le podría decir a una muchacha ingenua. Qué impotencia, pero nadie me manda a ser franco, e incluso menos ese día a tener los zapatos llenos de arena y la boca llena de crudo metal. Acabo de llegar a mi cuarto. Al menos la cabeza ya no me da vueltas y hasta creo que he comenzado a extrañar a Pecas como una sutil ironía.
Kayser-Fleischer Ring.
Wilson’s disease is an uncommon autosomal recessive inherited disorder of copper metabolism. It is characterized by excessive deposition of copper in the liver, brain, and other tissues. The major physiologic abnormality is an excessive absorption of copper from the small intestine and decreased excretion of copper from the liver. Among many signs and symptoms, the deposition of copper can be observed as a ring around the iris under a slit-lamp eye examination.
Esa vez era quince de febrero de cualquier año, de todos los años. ¿El local? Apenas cabía en sí. Con una jornada repleta de términos monetarios quedaba mucho más que solo recargarse en la barra aferrándose a la esperanza de que se fueran los clientes y llegaran las escuetas propinas de un bizcocho con malteada, un licuado de arándano con un cono relleno, unlatte macchiato o un simple americano.
Era pleno invierno y la última pareja que había llegado tenía veinte minutos en la fila moviendo los pies con ansias mientras platicaban muy cerca uno del otro, susurrándose cursilerías o quién iba a saber qué tipo de palabras de corte privado. Ella seguía con los dedos en la caja registradora y la mirada atenta, con el oído dispuesto a tomar la orden con completa eficacia para al final del turno limpiar todas las mesas, barrer y dejar listo para mañana. ¡Qué nostalgia de enero!
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Esa vez era quince de enero de cualquier año, de todos los años. ¿El local? Semivacío. Con una jornada bastante pobre en términos monetarios no quedaba más que recargarse en la barra aferrándose a la esperanza de que llegara algún deseoso de un bizcocho con malteada, un licuado de arándano con un cono relleno, un latte macchiato o un simple americano.
Era pleno invierno y la última pareja que había llegado tenía veinte minutos moviendo el agitador en los vasos mientras platicaban muy cerca uno del otro, susurrándose cursilerías o quién iba a saber qué tipo de palabras de corte privado. Ella seguía con la mitad del cuerpo y los brazos cruzados sobre la barra, con la punta de un pie fija sobre el suelo y el resto de él bailando sobre el apoyo, anonadada, mirando al vacío, en fin, llena de aburrimiento. ¡Qué ansias de febrero!
Te regalé una estrella
que no alumbra
que no tiembla
para que no la extrañes
ni se muera
para que no la escondas
ni la pierdas
para que no la pienses
ni entiendas
por qué en la noche
que se acuesta
entre el fuego
de tu luna negra
toca el cielo
y mira a ciegas
mientras llora
nubes eternas
que no llueven
ni reniegan
que no se acaban
ni te piensan
que no odian
ni se ausentan
si me olvidas
si te alejas.
y temporal, es la rica.
El adjetivo y el nombre,
remansos del agua limpia,
son accidentes del verbo
en la gramática lírica,
del Hoy que será Mañana,
del Ayer que es Todavía.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción;
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.